Pero no es de eso que quiero hablar, es que mi amor por NY es visceral, y no me contengo.
Éramos 6 comensales, todos del mundo de la publicidad y el marketing, uno de ellos destacaba por su imponente postura, casi 2 metros de altura, pelo blanco (aunque esta característica era común a todos) y un fuerte acento alemán. Presidente de una de las principales agencias de propaganda de Alemania, nos contaba sin un ápice de modestia el éxito de su empresa, cuya facturación haría envidia al CityBank. Al finalizar su brillante exposición, tras un suspiro, nos miró al tiempo que confesaba con cierta vergüenza infantil: "La verrdad es que lo que hubierra querrido es haberr jugado al football, aunque fuerra en segunda división. Mi sueño fue serr atacante, por eso de mirarr al porrtero y adivinar para donde se lanzarrá en su intento de cogerr el balón. En el fondo es lo que hago con el público final de mis clientes, perro no es lo mismo."
Nos quedamos en silencio, pues creo que a todos nos pasaba algo parecido en mayor o menor grado. Fue cuando decidí volver a jugar mi propio juego. Demiti del cargo de Director Creativo de la Agencia en que trabajaba y pasé una semana visitando a una amiga que trabajaba en una escuela infantil del Bronx. Observé atentamente la dinámica del juego en los niños, su falta absoluta de respeto a las leyes adultas, su libertad de construir sus propios mundos, su deseo de vivir sin intentar explicar sus acciones. Me encanté con esta experiencia, pues fue liberadora, no en el sentido ingenuo y emocionante de un adolescente o un hippie de los 60, y sí como un golpe brutal de constatar que lo estás haciendo todo mal, que estás abdicando de tus sueños por los sueños, de otros o como mínimo no estás respetando los tuyos.
Aun pienso en las consecuencias de mis actos, pero eso es materia para otro comentario.
Ahora me voy a nadar al río, aprovechando el fin del verano antes de ir a visitar un cliente que quiere ser el numero 1 en ventas de yates transoceánicos.¿ Será que es lo que quiere realmente?

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